El cine del post periodo especial ya está aquí

Aires de transición en el cine cubano. Reflexión del politólogo cubano Rafael Hernández acerca de los estrenos más recientes del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos: La película de Ana, de Daniel Díaz Torres, y Esther en alguna parte, de Gerardo Chijona.

Por Mildrey Ponce

Tiempos de cambios se respiran en el cine cubano. Las dos últimas producciones del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) –La película de Ana, de Daniel Díaz Torres, y la recién estrenada Esther en alguna parte, de Gerardo Chijona–, al decir del investigador cubano Rafael Hernández, “reflejan un paso hacia nuevas búsquedas expresivas para recrear artísticamente el cambio en la sociedad cubana”.

rafael-hernandez_2

En declaraciones concedidas a Cubanow, el también director de la revista Temas –la más importante publicación de ciencias sociales que en la actualidad se edita en Cuba– puntualizó: “Las obras de estos experimentados realizadores marcan un punto de viraje respecto a los enfoques y temas que han caracterizado al cine cubano del periodo especial”.

Esther en alguna parte es la primera película del pos periodo especial; de la misma manera que La película de Ana podría verse como la que cierra este periodo, o más bien lo lleva a su límite, y abre la transición”, aseguró el destacado analista social.

La película de Ana, filme transicional

La película de Ana tiene como referentes los tópicos consagrados por el cine del periodo especial: incertidumbre económica, prostitución, marginación, mercado negro, extranjeros negociantes, parientes en el exterior, violación de la ley. Ahora bien, como la protagonista no es realmente una jinetera, sino está interpretando un papel, estos tópicos teatralizados se presentan bajo una luz diferente, mezcla de distanciamiento y de parodia. Cuando Ana, el personaje principal, actúa (o histrioniza) las relaciones con los extranjeros y el mundo marginal donde se desenvuelve, envía constantemente señales que deconstruyen la experiencia que está viviendo (o más bien representando), y nos revelan su significado, sus mecanismos profundos. No solamente ella actúa, también su amiga, jinetera en la vida real, convertida en traductora. Esa operación las libera de la condición de víctimas ante el extranjero malévolo o despistado que recorre las películas del periodo especial; son ellas, en todo caso, las que manipulan la trama. Todo esto, naturalmente, se trata de un ejercicio artístico, pero no meramente catártico, sino de indagación crítica. Al hacerlo, el filme rebasa los estereotipos del sentido común: la imagen consabida de los extranjeros, la sordidez irremediable de la vida cotidiana, la relación unidireccional del que vive en Cuba con el que vive fuera; y sobre todo recentraliza la dignidad y la autonomía de  la persona, que es, por cierto, el motor inicial de la conducta de Ana para hacer lo que hace. Al final, ella está haciendo su película, no siguiendo el guión que otros han escrito.”

Esther en alguna parte, primera película del pos periodo especial

“A mi juicio, la película de Chijona inaugura el cine del pos periodo especial, al abordar en un tono de realismo irónico tan característico en el cine cubano clásico (no precisamente costumbrista, naturalista, expresionista, como buena parte del cine del periodo anterior) la vida cotidiana en la Isla, sin afeites idílicos o tremendistas, pero también sin saturarse de los tópicos del cine del periodo especial. Aquí no pululan las jineteras, los traficantes del mercado negro, la gente desesperada por irse del país, el jineterismo, la mala vida. En esta ciudad, donde a los viejos no les alcanza para comprarse pañales para la incontinencia, hay agromercados populares donde compra gente común y corriente, los personajes no están obsedidos por los que están afuera, y sí hay diferencias naturales entre jóvenes y viejos, pero no marcadas por visiones políticas excluyentes.

”Claro que la realidad del periodo especial ha estado llena de esos problemas y otros cientos más; y que la agenda cinematográfica de los últimos 20 años no es ilegítima, naturalmente que no. Se trata, sin embargo, de advertir que los tópicos de ese cine (también presentes en la literatura y el teatro) han llegado a saturar el imaginario artístico, en la medida en que han construido un canon, especie de réplica inflada de la vida cotidiana, pero sobre todo reproduce un patrón ya agotado, que gira sobre sí mismo. Se trata de que la mirada artística sobre esos problemas ya no enriquece su representación.

Esther en alguna parte no está impregnada del descreimiento, la tristeza, el desengaño, la desilusión y la amargura. Los personajes viven su vida plenamente, son gente común de la tercera edad, con sus tragedias cotidianas y sus alegrías. Sus vidas no se reducen, como suele decirse, a estar machacando en baja. La verdad de esta película es que tienen deseos y cosas que quieren hacer, pequeños sueños o metas, que para ellos importan mucho.”

“El equipo de realización la ha descrito como una película sobre la amistad. Con mi mayor respeto, esa caracterización está por debajo del gran tema que yo advierto en la trama. Para mí, se trata de cómo se construye algo tan valioso y difícil como la comunicación y la convivencia entre personas muy diferentes. Los dos personajes centrales, sobre los que gira todo el argumento, son tan disímiles que parecen incompatibles; pero no porque tengan ideas políticas diferentes, o pertenezcan a clases sociales distintas; ni porque uno viva fuera de la Isla y el otro adentro; ni mucho menos porque provengan de generaciones separadas. Y es que la diversidad entre los seres humanos no se reduce a estas dimensiones. A pesar de la distancia que los separa como personas, logran establecer un diálogo y llegan a convivir, a generar una relación de intercambio, que desemboca finalmente en identificación y transformación.”

Comunicación, discrepancia, convivencia, y luego quizás amistad.

“La historia de Esther en alguna parte se corona con una rara amistad, y una todavía más rara compenetración, que surge entre personas de muy distintas índoles. El asunto de la película no es la amistad o el amor que todo lo espera porque sobrevive a todo, y por eso mismo, resiste; o que genera vínculos superiores, inextinguibles. En mi lectura, la película trata sobre cómo se genera comunicación y comprensión mutuas, no simplemente como sentimiento afectivo, sino como parte de la capacidad humana para imponerse a lo que nos separa de otros diferentes a nosotros, y a identificarnos con ellos.

“Aquí no están los grandes temas del periodo especial; es decir, la crisis de valores, la enajenación, la pérdida, la ruptura, la desesperanza, la partida, el insilio. La película aboga, o mejor sería decir, nos sumerge en los problemas de una sociedad cada vez más más diversa, cuyas diferencias no se reducen a desigualdades  económicas o sociales, al estatus migratorio, a la incompatibilidad ideológica; sino a las distinciones fundamentales entre el modo de ser de las personas. Es sobre esas diferencias que trata la historia.”

Transición – Trascendencia – Actores

“Hay que reconocer, por otra parte, que una buena parte del cine del periodo especial simplemente no es buen cine. Sin embargo, estas dos películas son obras logradas desde el punto de vista cinematográfico; sus narraciones se destacan por la eficacia en mantener el interés de los espectadores, a pesar de contar historias intrascendentes; y el extraordinario despliegue de los actores,  protagonistas y secundarios.

“Enrique Molina (Larry Pó), en Esther en alguna parte, hace una interpretación imborrable en la memoria del cine cubano; Reynaldo Miravalles (Lino Catalá), a pesar de sus años, demuestra no haber perdido el magnetismo y la fuerza que lo han consagrado como actor. La vida apacible de este personaje, atareada en las pequeñas cosas cotidianas, y en el culto a la memoria y el duelo por su esposa fallecida, se trastorna precisamente ante la incertidumbre de haberla conocido realmente, que lo arrastra a convertirse en un detective obsesionado por encontrar la verdad –lo que una vez más evoca el tema de la comunicación entre las muchas vidas que las personas más simples pueden llevar adentro, y sus parejas o amigos que creen conocerlas. El filme toma una historia muy simple, y la torna súbitamente compleja, cargada de enigmas y peripecias. Su virtud, medio rara en el cine cubano contemporáneo, es la de descansar sobre un guión inteligente, bien estructurado, donde hasta los personajes episódicos aportan claves.

“A pesar de que el público cubano comparte con el director la noción extracinematográfica de que Miravalles vive fuera de la Isla desde hace 20 años, esta circunstancia no deja ninguna huella en la trama y el mensaje de la película. Que prácticamente todos los grandes actores del cine cubano clásico, y muchos del más reciente, trabajen en ella, es susceptible de una cierta lectura: a pesar de las diferencias generacionales, de donde se reside o de la ideología de cada cual, el encuentro, el diálogo, la comunicación, el buen cine no son cosas del pasado ni del futuro, sino ya están aquí, sin que para ello nadie tenga que abjurar o dejar de ser quien es. Esa también es una lección que deberíamos apreciar.”

Fuente: Cubanow